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jueves, 10 de febrero de 2011

PERFIL

Perfil de Marcel Rasquin, director y productor de cine venezolano



Marcel Rasquin, director de Hermano
  Un talento detrás de cámaras

Con un aspecto bohemio que quiere acercarse al límite de la seriedad, Marcel Rasquin es más que el director de Hermano (2010). Es un venezolano exitoso que ha sabido aprovechar su habilidad para comunicarse y las oportunidades que la vida le ha dado para triunfar y materializar el sueño por el que siempre ha luchado: tener una película

GRECIA TOUKOUMIDIS

Marcel Alberto Rasquin Michelena —34 años de edad— es el director del largometraje venezolano Hermano. También es un caraqueño de cabello encrespado que debe su fama al talento que ha cultivado y a la crianza que recibió en su casa. Es un soñador con los pies en la tierra, independiente y dice ser sensato como su madre. Ama la lectura, delira por las películas y admira a su pareja, la actriz Prakriti Maduro.

Su mamá, Gladys Michelena, lo define como una persona reservada y discreta. Su novia, como un ser generoso con su corazón. Y su mejor amigo y productor de Hermano, Juan Antonio Díaz dice que es muy creativo. Aunque la verdad es que Rasquin nació para ser artista, antes que para todo lo demás. “Ahora que lo veo en retrospectiva me doy cuenta que nací para esto. Mi familia materna está plagada de músicos, pintores, poetas y escritores. Los cuentos que yo leía cuando era pequeño eran sobre la vida de Picasso, de Miró y me leí El Quijote completo con mi papá antes de dormir”, recuerda con nostalgia.

Sus primeros años de vida no fueron comunes. Rasquin tardó en romper el cascarón luego de que su madre decidiera inaugurar un maternal en su propia casa para, quizás, hacer un experimento más relacionado con su profesión que con su rol de mamá: es psicoanalista y fundó la guardería para romper con el paradigma de que los niños lloran cuando van al colegio. Allí transcurrió parte de la infancia del cineasta, rodeado de familiares y siendo el predilecto en la comodidad de su hogar. También compartió con todo tipo de mascotas exóticas, que hoy en día añora con mucha gracia. “Cuando vivía en Las Palmas, tuve un pavo real y una cochina. Esa fue una parte divertida de mi niñez”.

Aunque no tuvo hermanos y sus padres se divorciaron cuando era pequeño, no fue un niño solitario. Además de los compañeros del maternal y sus primos, tíos y abuelos que merodeaban por la casa a toda hora, su papá, Carlos Rasquin, se encargó de darle días llenos de aventuras. “Yo fui el hijo del Tío Carlucho. Mi papá nos llevaba a mis primos y a mí de excursión por una semana y eran experiencias inolvidables. Disfrutábamos un montón acampando, jugando, cantando. Ese espíritu no lo he abandonado y aún hago ese tipo de viajes”.

Más de 35 milímetros

La vida de Marcel Rasquin no es una película. Es la de un mortal que triunfó y que se dio a conocer gracias a la perseverancia. “Marcel es una persona que logra todo lo que se propone y que tiene una habilidad grandiosa para comunicarse”, cuenta su mejor amigo cuando intenta definirlo.

Desde muy pequeño supo lo que quería: el cine. Primero, lo tomó como un hobbie, pero poco a poco fue entendiendo que se trataba de un estilo de vida. Además, los trabajos de directores como Quentin Tarantino, al que le debe su película preferida Pulp Fiction, y el poder de comunicación que fue identificando en el séptimo arte, lo cautivaron.

A los dos años de edad su vida cambió. No tiene recuerdos muy vívidos del momento, pero asegura que durante ese episodio supo que el cine significaba algo más para él. Una tarde, su padre llegó a la casa con La guerra de las galaxias y transformó la sala en un lugar ideal para disfrutar una película: un proyector de ocho milímetros, un sofá, cortinas cerradas y silencio. Empezó a rodar la cinta y el asombro se apoderó de Rasquin. “Mi familia me cuenta que mi cara era un poema. Cuando apareció el villano —Darth Vader— yo ‘me cague’, pero no podía apartar mi vista de la pantalla. Eso me hizo experimentar el impacto del cine”.

De allí de adelante las películas fueron su pasión. “Las coleccionaba, me las sabía de memoria, las recitaba como un loro, hasta que me sinceré y dije que sería cineasta”. Su madre no conocía esta versión: “Cuando se acercaba la época en la que Marcel tenía que decidir a qué se iba a dedicar, nos dijo que sería médico. Su papá —doctor— y yo nos contentamos muchísimo, pero un día él llegó pegando gritos y diciendo que era muy afortunado por quedar en la carrera que quería estudiar y en la universidad que le gustaba. Yo pensé que se refería a Medicina en la Vargas, pero él me salió con que Comunicación Social en la Católica. La verdad es que me impresioné muchísimo, pero lo apoyé”.

Del campus al set

Luego de graduarse de bachiller en el colegio Santiago de León de Caracas, Rasquin emprendió el camino que lo llevaría a ser un exitoso comunicador social. En la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) conoció a sus fieles amigos Juan Antonio Díaz y Edgar Ramírez —actor venezolano— y cursó su carrera como un estudiante más, hasta el momento de hacer su tesis de grado.

El excelente trabajo que logró junto a dos compañeros mereció un 20 como calificación y una mención publicación, que consiguió hacerlos participar en el concurso Carlos Eduardo Frías y ganar una beca para estudios en el exterior. Fue así como Marcel viajó a Australia y realizó un postgrado y una maestría en cine en The Victoria College School of the Arts.

En 2005, Rasquin regresó a Venezuela con más que dos títulos en mano: llegó con la idea que lo haría consagrarse como director de cine. El camino hacia Hermano fue duro y él lo sabía, pero nunca desistió. “Hacer la película me cambió la vida. Independientemente del éxito que tuvo, me ha tocado ser vocero y dar la cara. He sido el representante principal de un proyecto que se hizo público y eso ha hecho que me convierta en una figura pública también, cosa que no sé cómo se hace. Más allá de que una u otra persona te reconozca en la calle, te pregunte por la película o se tome una foto contigo, mis pretensiones no han cambiado: yo quiero trabajar”.

Las contradicciones humanas se han convertido en su principal inspiración. Le apasiona poner a los personajes en una circunstancia que, según él, todos evitan en la vida real: tener que elegir. Le interesan la culpa y los celos como argumentos para futuras producciones.

Aunque su filme ha sido premiado con galardones como el de Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Moscú y ha logrado enmarcar su perfecta dentadura en más de una sonrisa, no considera que esto sea el mayor logro de su vida. “Sé que debería decir que Hermano es lo más grande que me ha pasado, pero no es así. Para mí lo más importante es el grupo de gente querida y cercana que tengo a mi alrededor. Es lo que más me llena de alegría la vida. Prakriti, mi familia, Juan y mis demás amigos”, confiesa Rasquin y muestra su lado romántico.

El enamorado

“Marcel entiende la frontera entre amar y poseer, y la respeta”, son las palabras que pronuncia su pareja desde hace tres años, Prakriti Maduro. Su relación comenzó a tiempo. Ni muy temprano ni muy tarde. Todo indica que el destino los juntó en el momento oportuno: un tiempo después de que Rasquin se divorciara de su ex esposa —con la que duró cinco años de casado—, regresara de Australia y consolidara su primer proyecto cinematográfico.

Rasquin confiesa que quedó flechado de Prakriti cuando fue espectador de una obra de teatro en la que ella participó, pero que jamás pensó que hubiese algo más. Al tiempo, cuando él era productor de Ni tan tarde —programa de televisión en el que también conoció a sus amigos Érika de la Vega y Luis Chataing—, Prakriti participó en varios segmentos del espacio y ahí comenzaron a conocerse. Se fueron acercando y la relación surgió.

Hoy, Maduro describe a su pareja como una persona con muchas ganas de vivir y de compartir, que quiere enamorarse y enamorar todos los días. Para ella, también es un ser muy entusiasta, respetuoso y con muy buen humor.

De pequeño a grande

Tras la montura de sus lentes, sus ojos no delatan que es autónomo, perfeccionista, ruidoso y que le gusta bailar. Es amante del rock, de la salsa y sabe tocar batería, otro de sus talentos. Cuando nació, sus padres no solo se impresionaron de que se tratara de un varón, sino de un mal que lo acompañaría por siempre, la agenesia dactilar—ausencia congénita de dedos —. Su mano derecha solo tiene tres y la izquierda cuatro, pero su vida no ha estado determinada por imposibilidades ni complejos.

Aunque considera que rol más importante que desempeña es el de ser auténtico y consecuente consigo mismo, su mayor mérito es no poder diferenciar el trabajo de la diversión. Marcel Rasquin es un caraqueño que hace lo que le gusta y le gusta lo que hace.

Entrevista imaginaria

Entrevista a Pedro Francisco Lizardo, periodista y poeta venezolano

El dueño de las “P”: Pedro, poeta y periodista

Con 80 años recién cumplidos, Pedro Francisco Lizardo ofrece una entrevista que recoge las mejores épocas de su vida en el mundo de la Comunicación Social. Además, recuerda con nostalgia los cargos que ocupó y comenta algunas anécdotas que marcaron su carrera

GRECIA TOUKOUMIDIS

Lunes, 7 de febrero de 2000. 4:30 pm. En Carrizal, una densa niebla opaca la fachada de la residencia de Pedro Francisco Lizardo. El ambiente está muy sereno. Pareciera que quienes viven en esta montaña quieren habitar un mundo diferente. Más tranquilo y más cálido, aunque la temperatura se oponga. Es un escenario perfecto para disfrutar de un buen libro y el Poeta, como es conocido por todo su gremio, así lo sabe. Desde 1963 habita en los Altos Mirandinos, lugar al que describe como un paraíso para leer. Cuando llegó aquí, unas cuantas crisis asmáticas, producto de la humedad, fueron los episodios más críticos de su salud, pero los últimos años lo han castigado con una diabetes que ya casi le quita uno de sus mayores tesoros: la vista.

Papel y tinta

A sus 80 años de edad ya no echa de menos los tabacos que se fumaba a diario en sus años mozos. Su voz se hizo más ronca, pero también más pausada. “Poeta, hable más lento”, era una petición muy común cuando Lizardo daba entrevistas. Experto en el área cultural, en los versos y en las noticias, recuerda la época en que trabajó para el diario La Esfera —entre 1950 y 1956— con especial agrado. “En la etapa de La Esfera, todos éramos ‘toeros’. Hacía economía, política, sucesos. Era un periodismo en el que hacíamos desde un editorial hasta un suelto de crónicas, pasando por información especializada. Fue una buena escuela”.

Su vida periodística se forjó en las páginas de importantes medios y, en un principio, fue rotando de periódicos por su mudanza de Valencia a Caracas. Desde los 16 años de edad, cuando aún vivía en su natal Bejuma —estado Carabobo—, tuvo el privilegio de ocupar las páginas de Fantoches y de la revista PAN —de circulación latinoamericana— con un cuento llamado Malasangre. A partir de ahí, su pluma se afinó en diarios como El Carabobeño, El Cronista, El Índice, La República —en el que se encargó de las páginas literarias—, El Nacional y El Universal. También logró fundar las revistas como el Boletín del Ateneo de Valencia y la Gaceta de Tierra Firme, además de dirigir publicaciones de la talla Imagen y Momento.

Sentado en la sala de su casa con una lucidez que no delata su edad, demuestra que aunque nunca se graduó de periodista, la excelencia fue su bandera. “Cuando salió mi promoción, ‘La promoción golilla’ de la Universidad Central de Venezuela en 1947, yo estaba en Moscú como encargado de negocios de la embajada. Luego, volví a las aulas, pero los profesores me ordenaban abandonar el salón de clases, por ser un ‘periodista profesional hecho’ al que ya no tenían nada que enseñarle”.

Esto no fue impedimento para que cinco años más tarde se convirtiera en el presidente de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP). Lizardo tenía mucha credibilidad y liderazgo. La condición que lo hizo estar entre los seis hermanos que sobrevivieron, de los diecisiete hijos que tuvieron sus padres, quizás fue la misma que lo ayudó a resaltar entre los mejores. El Poeta, definitivamente, disfrutaba la política.

Versos, pantallas y acción

En el ínterin entre la presidencia de la AVP y convertirse en el director de la Televisora Nacional (TVN5) en 1965, Lizardo publicó el poemario Los círculos del hombre (1959). También recibió el Premio Internacional de Poesía “Andrés Eloy Blanco” (1957), el Premio Municipal de Poesía (1959) y en 1960, el Premio Nacional de Literatura. A partir de este momento, el Poeta reconoce que su vida fue más pública.

“Cuando asumí el cargo para dirigir TVN5, se hizo por primera vez en el país un noticiero de una hora que se llamaba ‘Noticia 5’. Hasta ese momento solo se hacían noticieros de un cuarto de hora. Yo diseñé lo que quería: era como poner un periódico en la pantalla”, explica el Poeta, con lo que demostraba que su título de autodidacta lo tenía bien merecido. Estaba orgulloso de su logro, sin abandonar la ecuanimidad que lo caracteriza.

Luego de estar al mando de la planta televisiva durante cuatro años, se dedicó a escribir su libro La Memoria y los días (1976). Algunos de sus versos desnudan su pensamiento: “Hemos perdido el tiempo afilando los dientes/ tratando a dentelladas la esperanza, /mordiéndonos a fondo, / desgarrando y quemando, / violando, en fin, las horas de los otros, / jugando al escondite fraudulentamente con los seres (…) Uno comienza por buscar su afiliación/ y el mundo se lo traga y lo destroza/ alegremente por siempre, alegremente/ convencido”.

— ¿Qué significa para usted este fragmento de su poema?

—Eso es lo que yo pienso: uno vive peleando con la vida y con la muerte que lleva implícita.

Con mucho sentido del humor —al que no renuncia ni siendo un octogenario—, Lizardo explica que ha tenido que ser burócrata por necesidad. “De la poesía nadie puede vivir. Se nace poeta como se nace para santo”. Su constante búsqueda por mantener un equilibrio entre la pluma y los asfixiantes cargos públicos o gremiales, lo llevaron a postularse en la plancha número tres, para la presidencia del Colegio Nacional de Periodistas (CNP) con una firme premisa: “Los periodistas no podían ser el simple instrumento de los propietarios, deben ser, como siempre lo han sido los periodistas venezolanos, una conciencia vigilante, un dedo acusador que haga corregir los errores, un avanzado de la colectividad, dedicado enteramente a su servicio”.

El 10 de junio de 1978, Pedro Francisco Lizardo se convirtió en el presidente del CNP. Uno de los recuerdos que más le produce nostalgia, aunque fuera un adeco por convicción, es la carta de felicitación que le envió el entonces candidato presidencial por el partido Copei, Luis Herrera Campíns. “Tu trayectoria intelectual garantiza apego estricto a la libertad de expresión”, decía el telegrama. También es muy firme cuando garantiza que durante su periodo en el colegio defendió la información como a una hija. “Yo recuerdo que decía: ‘Un mundo sin información y sin libros es un mundo cerrado”.

En cualquiera de sus cargos, la lectura fue el alimento más nutritivo para Lizardo y prácticamente nadie recuerda haber conversado con él sin que trajera a colación alguna referencia bibliográfica. “No discrimino. Leo de todo y disfruto cuando recomiendo libros. Hasta ahora, que se me hace más difícil, leo la prensa todos los días”.

En 1984 la vida de Pedro Francisco Lizardo dio un vuelco. El Poeta se reunió con el ministro Simón Alberto Consalvi en su despacho. La conversación que sostuvieron tenía como objetivo plantearle al Poeta la posibilidad de que volviera al mundo de las pantallas chicas. Esta vez a asumir la presidencia de Venezolana de Televisión (VTV), que tenía una crisis en el rating. Como prueba de su gallardía y sin abandonar su sencillez, Lizardo respondió a la propuesta: “Yo acepto todo lo que me ofrezcan, menos la muerte”. Desde entonces hubo mucho trabajo.

En su rostro de cejas prominentes y blancas como la niebla tras la ventana se leía la melancolía con la que recordaba aquella etapa de su vida. Fue corta, pero dura. Fue exitosa, pero malagradecida. Lizardo prometió a los venezolanos mejorar la programación del canal 8 o poner su cargo a la orden en un periodo de seis meses.

Cuando todo marchaba bien, la telenovela La mujer sin rostro estaba en el aire con récords de sintonía y series como Marco Polo tenían cautivo al público venezolano, un episodio, que no le gusta recordar, manchó su carrera. “Siempre se han transmitido los actos oficiales por el canal 8. En ese momento, y me imagino que ahora también, existía un programa en el departamento de Producción que se cumplía religiosamente. No era necesaria la orden del presidente del canal. Eso de no enviar cámaras el 17 de diciembre al Panteón Nacional, fue una confabulación para sacarme de la dirección de la planta y lo lograron”. El 18 de diciembre de 1984, todos los periódicos titulaban en sus portadas: “Destituidos ministro de Información y presidente de Venezolana de Televisión”.

El año siguiente, Lizardo pasaría a ser asesor literario de la Biblioteca Ayacucho, un cargo que disfrutó por poco tiempo, cuando se le reconoció su importante trayectoria y fue nombrado director de Relaciones Culturales de la Cancillería. Luego, poco a poco, este aguerrido comunicador se fue alejando de la palestra pública.

Paz que vive y aún respira

No se rinde. No deja de los libros. Aun cuando sus ojos ya casi no se lo permiten, trata de disfrutar de su pasatiempo predilecto. Para hacerlo utiliza un aparato que funciona como una lupa; se lo regaló José Ramón Medina que también sufre de diabetes. Esos mismos años que no lo han podido alejar de la lectura, tampoco han logrado que cambie de opinión: sigue considerándose un melancólico. “Todos los poetas somos así. Por eso empezamos escribiendo del amor”.

Su esposa Gisela Fernández siempre ha sido su fiel compañera. Sus hijos Pedro Vicente, médico conocido como Petete, Humberto, diseñador gráfico y el más parecido a su padre, Luis, reconocido pintor, Gisela María, licenciada en Letras, Gustavo, especialista en microscopio electrónico y Mariana, economista, le han dado más de diez nietos, que son los únicos capaces de romper el silencio de biblioteca que se respira en su morada.

Aunque el pasar de los años ha hecho que Lizardo abandone un poco su estilo de bohemio —que no lo hacía ser descuidado ni irresponsable—, su mirada transmite paz. Los genes que su padre —también periodista— le legó fueron más fuertes que la pobreza en la que creció. Una precaria situación en la que tuvo que comenzar a trabajar desde muy niño, vendiendo carbón por kilos en su pueblo natal o como ayudante de un botiquín, en el que se rebuscaba ofreciendo las sobras de las cremas que preparaban, como ungüentos milagrosos para el cutis. Esa pobreza se convirtió en grandeza y aunque su presencia ya casi sea efímera, su legado es fuerte como sus ganas de vivir.

domingo, 14 de noviembre de 2010

ENTREVISTA

Entrevista a Marlene Vanegas, caperucita roja de Chacao

“Soy imagen de la revolución”

Abandonando el lenguaje típico del chavismo, que redunda en términos como golpista e imperialista, Vanegas habla de su incursión en la vida política, de cómo sobrevive en Chacao —municipio opositor— y de la ropa roja que viste a diario. “Me gusta que la gente comente de mí y nunca pensé que sería ‘artista’ después de vieja”

Grecia Toukoumidis

 
Allí estaba como todas las tardes, vestida de rojo de pies a cabeza y sentada en la plaza El Indio, frente a la Alcaldía de Chacao. La caperucita se sentía la anfitriona. Al llegar ofreció una silla y café de un termo que combinaba con su atuendo y todos sus accesorios: lentes, zarcillos, cartera y hasta la pintura de uñas. Se disculpó por ausentarse unos minutos, mientras buscaba una mesa para picar la torta de un cumpleañero y, entre tanto, el ambiente no quedaba en silencio: la tranca habitual de un jueves a las 5:00 pm en la avenida Francisco de Miranda, el ruido de la gente pasaba y una brisa fresca se sentían.

Después de un breve momento, Marlene Vanegas regresó y decidió comenzar la entrevista. No la intimidó el grabador, pero sí preguntó para qué se iba a usar la información. “Espero que no te importe que sea chavista”, dijo riendo. Con la ternura de una abuela, una memoria casi fotográfica y una lucidez envidiable a los 71 años de edad, la caperucita cuenta que en la “cuarta república” no era ni adeca ni copeyana, sino ama de casa y que desde 1992 supo que Chávez sería el “mesías”. Además, asegura que vive de sus hijos y no del Presidente, pero que en esto ha encontrado cómo entretenerse.

— ¿Desde cuándo le dicen caperucita?

— A mí me puso caperucita un periodista del canal 2 —RCTV— el 19 de agosto de 2000, cuando Chávez asumió la Presidencia por segunda vez. Yo vi que el Presidente bajaba de la Asamblea Nacional y le gritaba: “Aquí viene el mesías, Hugo Chávez Frías”. Cuando todo terminó, el periodista me siguió y me preguntó por qué tenía una capa. Yo siempre me la ponía para todas las marchas porque decía que era la reina de Chacao. También me preguntó que por qué yo decía que Chávez era el mesías. Yo le contesté: “Es una forma de decir algo, pero no se te olvide que Chávez está con Dios y Dios está con Chávez”. Y eso no lo sacaron en el aire en el noticiero. Después él me preguntó que por qué de caperucita. Le iba a decir que era de reina, pero le contesté que para que el lobo feroz de Arias Cárdenas no me comiera, porque ese fue el candidato contra el que Chávez compitió. Y no me comió porque Chávez me defendió. Todo me salió como un verso de una niña de primer grado y dije que, lamentablemente, en Chacao perdimos porque son sifrinos y eso sí salió en el aire.

— Entonces, ¿usted es sifrina porque vive en Chacao?

— No, no. Lo dije porque no votaron.

— Eso lo dijo hace 10 años, ¿ahora qué piensa de la gente del municipio?

— Aquí hay gente muy radical, pero hay personas de la oposición que son inteligentes y hablan con uno. Me dicen que estoy linda. Incluso, una vez me iban a agredir y un muchacho me defendió. Pero eso es la convivencia. Tengo 50 años viviendo aquí y conozco a todo el mundo. Soy una persona sana que ni toma, ni fuma ni baila pegado.

— ¿Y quién es el lobo feroz ahora?

— El que está de moda ahorita es Graterón. El otro día me pidió un beso y le dije que solo se los doy a Chávez.

— Usted que dice ser tranquila, ¿qué opina de líderes del chavismo como Lina Ron?

— No estoy de acuerdo con ella. El Presidente le llamó la atención. Hay que tener cuatro dedos de frente y saber lo bueno y lo malo. Ella está perjudicando al chavismo. Por ser chavista no tiene que dársela de guapetona.

— ¿Cuál cree que es su rol en el chavismo?

— Yo no soy una mujer estudiada, pero digo que si mi imagen aporta algo, me siento útil. Soy imagen de la revolución y jamás pensé que después de vieja iba a ser artista, porque yo me siento una artista.

Sobreviviente de su realidad

Aunque su territorio colinda con la sede de la Alcaldía de Chacao, es terreno del chavismo. “A esto le dicen ‘puente Llaguno’ porque todas las tardes nos reunimos los compatriotas aquí en la plaza El Indio, hablamos y nos distraemos”. Vive alquilada en la calle Páez y no pierde las esperanzas de que alguna ley o expropiación, específicamente del Country Club, le dé la oportunidad de tener techo propio.

— ¿Por qué no se ha mudado de Chacao?

— Porque uno llega, se estanca en un sitio y se queda allí. Vivo con uno de mis hijos que va y viene porque trabaja en Cabimas. Pero mis nietos siempre me visitan.

— ¿Qué es lo más difícil de ser chavista y vivir en Chacao?

— He pasado ratos malos, pero también ratos buenos. A mí hasta me hirieron un pie aquí. En el primer firmazo que hicieron contra el Presidente, en esta plaza se paró un carro. De pronto vi un charco de sangre en mi pie y corrí de un lado al otro. Escuché unos Bin Laden —fuegos artificiales— y unos disparos, pero no me di cuenta cuando me agredieron. Unos compatriotas y mi hijo, que estaban aquí, me llevaron al canal 8 a denunciar esto con una sábana en el pie, porque preferí ir primero para allá que al médico. Cuando llegué bajaron las cámaras y yo decía que por qué lo tienen que atacar a uno por estar con un afiche de Chávez.

— ¿Cuáles son las cosas buenas entonces?

— Hay muchos niños que pasan diciéndome con mucho amor: “Caperucita, qué linda”, y tengo la amistad de muchas personas. Esas son cosas que lo motivan mucho a uno.

—¿Qué relación tiene usted con el mercado de Chacao?

—Ahí quedan 49 compatriotas defendiendo lo suyo. Yo los he apoyado porque un mercado debe ser normal y en planta baja, no como ese “sambilito” que hicieron, que hay que subir escaleras y ascensor.

−¿Y qué tiene de malo?

−No me cuadra como mercado. Aquí hay mucha gente de tercera edad y es difícil. Además, no le veo el queso a la tostada porque si ya había un mercado, para qué pusieron otro. Ahí podría haber una universidad o una escuela primaria.

Política escarlata

Entre las cadenas presidenciales y las conversaciones en la plaza, le cuesta decidir. “Me traigo mi radio y escucho a Chávez desde aquí. Los domingos sí son sagrados por el Aló, Presidente”. Pero cuando responde sobre las fallas de la revolución no titubea: “Hay que incluir más a los jóvenes. Es lo único de lo que me quejo”.

— ¿Qué la hizo dar ese salto a la vida política si antes no militaba en nada?

— El 4 de febrero, cuando yo vi al presidente Chávez que asumió el golpe al mediodía y dijo: “Por ahora”. Ahí yo pensé: “Este es el hombre que le hace falta a Venezuela”.

— ¿Para usted qué diferencia tiene la cuarta república de la quinta?

— Hoy tú ves a todo el mundo con aparatos en los dientes y eso antes era de millonarios. Un muchacho no podía entrar en la Escuela de Aviación si tenía la dirección de un barrio. Las becas también eran así. Mi hija tenía promedio de 19 y no se la dieron porque vivía en un barrio. Al dar esa dirección ya estaban descartados y hoy en día no es así.

—¿Qué es lo mejor que le ha dado Chávez?

—A mí en particular no me ha dado nada porque no como de él, sino de mis hijos. Pero con esta revolución uno se entretiene y organiza eventos. Por ejemplo, el 18 —de noviembre— haremos un gaitazo aquí por el día de la Chinita. Yo pertenezco a la Sala de Batalla Socialista y a un Comité de Guardianas de Chávez.

— ¿Usted se viste de rojo todos los días?

— Sí, opté por eso porque cuando iba a las marchas en el 98, la gente de la oposición me señalaba y yo me preguntaba por qué lo hacían si no estaba haciendo nada malo, ni era borracha ni marihuanera. Además, ¿quién critica a los que se visten de blanco o de negro? A mí la gente me regala ropa roja y me acostumbré. Yo gozo un puyero y ya no se meten conmigo.

— ¿Cree que vestirse completamente de rojo demuestra que está apegada al chavismo con más fuerza que otras personas?

— No, es que yo no lo hago por eso. A mí desde pequeña me gustó mucho el color rojo y gracias a Dios que soy blanca, porque si fuera negra parecería una peonía.



— ¿Qué significa el color rojo para usted?

— Cuando veo las mareas rojas en las marchas me da mucha emoción. Cuando uno de mis hijos era pequeño, había una muchacha que estudiaba Educación y siempre iba a la casa a llevarse los dibujos de él porque a todo le ponía rojo. Ella decía que eso significaba que el niño quiere mucho a sus padres.

Aunque Chávez podría ser su hijo y no su padre, la admiración se convirtió en el mejor argumento para explicar su apego al Presidente. La caperucita, que no se ve a sí misma como una abuelita de las que rezan rosarios en la iglesia, admite que su militancia la distrae y no le recuerda los 20 años que tiene viuda.


Marlene Vanegas, caperucita de Chacao